
Informe público·Documento IIS
INFORME DE SITUACIÓN #001 - Inversiones Dudosas, Secuestros Express y Embarcaciones Solubles
Red · 12 de mayo de 2026 · 7 min lectura
Bitácora · Reportes de Red
Resumen
Bitácora inaugural de nuestra llegada a la isla. Yo era un administrativo funcional en la Metrópolis hasta que Tall decidió vaciar mi fondo de retiro para comprar una propiedad remota mediante un contrato en una servilleta. Tras ser arrastrado de mi oficina y navegar meses con Yambú —un marinero que solo habla en metáforas—, desembarcamos en este lugar inhóspito solo para ver cómo nuestra balsa se desintegraba en la orilla como una galleta en té caliente. Actualmente estamos atrapados, sin barco de regreso y con un capital total de un dólar con cincuenta centavos. Si alguien lee esto, no envíen rescate; envíen café fuerte. Bienvenidos al inicio de TailTales.
Estado Mental: Administrativamente devastado.
Estado Geográfico: Atrapados.
Si este informe logró publicarse correctamente en la bitácora significa dos cosas:
El enrutador que improvisamos con alambre, paciencia y hojas de bambú no explotó.
Tall dejó de tocar los cables durante al menos cinco minutos.
Considero ambos eventos auténticos milagros.
Han pasado meses desde que desaparecimos de la Metrópolis y, honestamente, no estoy seguro de por dónde empezar este registro. Hay demasiadas variables absurdas involucradas.
Supongo que lo más lógico, para dejar constancia formal, es empezar por el origen de la catástrofe.
Todo comenzó con el peor error financiero de mi vida: confiar.
En algún momento de debilidad que claramente debió ser intervenido por las autoridades bancarias, decidí darle a Tall acceso administrativo a mi cuenta principal. No era una fortuna extravagante. Solo un fondo de retiro estable, aburrido y cuidadosamente construido tras años de trabajo en la Metrópolis.
Un fondo que, aparentemente, ahora existe únicamente en el ámbito de la teoría.
Yo estaba trabajando en mi oficina, siendo un ciudadano funcional. Revisando balances, organizando archivos, manteniendo el orden. Viviendo una vida perfectamente estructurada.
Mientras tanto, en alguna cafetería cuya higiene probablemente violaba estatutos internacionales de salud, Tall estaba comprando una isla.
Según logré reconstruir posteriormente, se reunió con un supuesto abogado de traje gris. Firmó una servilleta ligeramente arrugada. Intercambió dinero real. Y de alguna forma incomprensible, desafiando cualquier lógica jurídica metropolitana... la servilleta resultó ser un contrato legalmente vinculante.
No tuve conocimiento de nada de esto hasta que las puertas de mi oficina se abrieron de golpe.
Tall irrumpió en el pasillo como un desastre natural hiperactivo, con esa sonrisa radiante que siempre precede a un colapso estructural. Antes de que pudiera reaccionar o guardar mis documentos, me agarró del brazo y comenzó a arrastrarme hacia la salida.
—¿Se puede saber a dónde me llevas? —logré articular, intentando frenar clavando los talones contra la alfombra del pasillo—. ¡Tengo que terminar los balances trimestrales!
—¡AL FUTURO, RED! —respondió él, sin disminuir la marcha y con un entusiasmo alarmante.
Eso no aclaró absolutamente nada.
—¡Vamos a inspeccionar nuestra nueva vida!
"Nueva vida" tampoco era una frase particularmente tranquilizadora viniendo de él.
Para cuando logré liberarme de su agarre, el aire acondicionado de las oficinas había sido reemplazado por el olor a combustible oxidado y salitre del puerto de la Metrópolis. Me acomodé la corbata, respiré hondo e intenté inyectar algo de lógica básica en la situación.
—Escucha, Tall —dije, usando mi tono más conciliador y racional—. Si planeas un viaje hacia alguna propiedad sospechosamente barata que compraste por impulso, necesitamos prepararnos. Planificación. Logística.
Hice una pausa.
—Ni siquiera tenemos maletas.
Tall sonrió. Esa sonrisa brillante e inquebrantable. Eso debió alertarme.
—Oh, por eso no te preocupes.
Y entonces ocurrió.
Sin explicación alguna, rompiendo cualquier ley de la física y el almacenamiento tridimensional, sacó de detrás de su espalda dos maletas perfectamente cerradas. Una era suya. La otra era mía.
Me quedé mirándolo. Luego miré las maletas. Luego lo miré a él otra vez.
Decidí no hacer preguntas. No porque confiara en la situación, sino porque mi cerebro claramente había activado un mecanismo de supervivencia para no colapsar.
Diez minutos después, estábamos subiendo a una especie de balsa de madera que parecía mantenerse a flote por pura terquedad y optimismo. Al timón se encontraba un anciano enorme, observando el horizonte con una tranquilidad desconcertante.
Buscando mantener un protocolo básico de cortesía antes de zarpar hacia lo desconocido, me acerqué a él.
—Disculpe, ¿con quién tenemos el placer de viajar?
El anciano me observó fijamente durante un tiempo incómodamente largo. No parpadeó.
—El viento no necesita título para mover las hojas —dijo, con una voz rasposa y distante—. La madera cuenta antiguos secretos cuando la sal la abraza, y las raíces del mar tienen su propio eco.
Creo que parpadeé unas seis veces. Tall asintió vigorosamente a mi lado, como si hubiera entendido a la perfección. Yo no entendí absolutamente nada.
Al ver mi expresión en blanco, el anciano soltó una risa seca.
—Jojojo... Algunos me llaman Yambú, joven.
Ah. Eso habría sido útil hace treinta segundos.
El viaje duró meses.
Fueron meses atrapados en el océano lidiando con tormentas, filtraciones, raciones de comida cuestionables y la energía inagotable de Tall. Hubo momentos donde juré escuchar a la balsa crujir en distintos idiomas. Fue húmedo, absurdo y espiritualmente agotador.
Fue durante una de esas noches interminables, sentado sobre una caja de madera húmeda, cuando decidí encender mi terminal portátil por inercia y revisar la aplicación del banco.
Balance: 0.00.
Parpadeé. Actualicé la pantalla.
0.00.
Me quedé mirando los números durante varios segundos. Caminé muy lentamente hacia donde Tall estaba ajustando una cuerda con su habitual entusiasmo.
—Tall —dije. Mi voz sonó tan plana y desprovista de vida que asustó a una gaviota cercana—. ¿Qué le pasó a mi dinero?
Me miró, radiante y genuinamente orgulloso.
—¡Lo usé para comprar la isla! ¡Una ganga!
Procesé sus palabras sílaba por sílaba.
—¿Estás intentando decirme que usaste mi fondo de retiro... una fortuna de millones... para comprar una isla?
—¡Sí! ¡Y con vista al mar! —respondió, como si acabara de darme la mejor noticia del universo.
Sentí un dolor agudo justo detrás de los ojos. Me giré lentamente hacia la baranda. Miré la inmensidad gris del océano, sintiendo cómo se evaporaban diez años de trabajo y cualquier rastro de fe en la humanidad.
—Espero que esta inversión realmente valga la pena —suspiré, mirando a la nada.
—¡Sí, Es la más segura del mundo! —gritó él a mis espaldas.
Eventualmente, llegamos.
La primera visión de TailTales Island me dejó helado. No era el paraíso tropical de folleto que Tall seguramente había imaginado. Era... extraña. Todo parecía crecer en ángulos irregulares. Palmeras torcidas. Restos de madera vieja en la arena. Estructuras de roca medio devoradas por la maleza.
Se sentía enorme, salvaje, inquietante e impredecible. Como un lugar que había sido olvidado a propósito.
Bajé a la arena y me quedé completamente pálido. El peso de mi jubilación evaporada y mi vida destruida me golpeó de frente. Hice lo único racional que podía hacer. Di media vuelta y agarré el asa de mi maleta.
—No —dije, simplemente—. Me vuelvo a la Metrópolis.
—¡Espera, Red, dale una oportunidad, vas a ver que es increíble! —Tall corrió detrás de mí, agitando los brazos.
Lo ignoré. Caminé directo hacia el agua, listo para exigirle a Yambú que encendiera el motor, las velas o lo que sea que moviera ese tronco flotante, y nos sacara de ahí.
Me detuve en seco.
El barco ya no estaba.
No se había alejado. No estaba flotando a la deriva. Yambú estaba de pie en la orilla, mirando tranquilamente el horizonte con las manos en la espalda.
—¿Dónde está el barco? —pregunté, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.
—La madera que abraza la tempestad debe descansar cuando la marea reclama sus astillas —dijo Yambú, sin mirarme.
Hice una pausa larga.
—¿Qué?
—Se desintegró.
Caminé hasta la orilla. Miré el agua poco profunda. En efecto, los restos de nuestra embarcación yacían en el fondo del mar. Toda la estructura se había disuelto en el agua salada con la misma integridad estructural que una galleta sumergida en una taza de té hirviendo.
Nuestra única forma de regresar descansaba bajo el agua. Estábamos atrapados. Sin casa. Sin barco. En una isla salvaje.
Me giré hacia Tall. Mi respiración era pesada.
—Dime que al menos nos sobró algo de liquidez para emergencias.
Tall asintió vigorosamente. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón, rebuscó con total inocencia y sacó unas cuantas monedas y un billete arrugado. Los contó cuidadosamente en la palma de su mano.
—Nos queda un dólar con cincuenta.
Silencio. El viento sopló entre las palmeras torcidas.
Creo que en ese momento, mi alma abandonó oficialmente el plano terrenal.
A quienes enviaron solicitudes a la Oficina de Normalización para venir a TailTales:
Sí. La isla existe. Estamos aquí.
Pero les recomiendo traer sus propias herramientas. Repelente para Cangrejos Gigantes con Ansiedad Social. Mucha paciencia. Y, sobre todo: no le den acceso administrativo a sus cuentas bancarias a nadie. Por favor.
Voy a prepararme un café. Si es que logro encontrar una taza que Tall no haya usado para mezclar barro.
Seguiremos informando.
— Red.